“… que ninguno de estos pequeños se pierda”

“… que ninguno de estos pequeños se pierda”

Con ocasión de la Jornada mundial de los derechos de la infancia, promovida en el aniversario de la Convención ONU sobre derechos de la infancia y de la adolescencia (20 noviembre 1989), el pasado domingo tuvo lugar una “Jornada de oración y de acción para los niños“ con el lema Detener la violencia contra los niños y el Rector Mayor nos invitó a reforzar nuestro compromiso por una educación sin castigos corporales.

Muchas FMA, educadoras y educadores de cada región socio-geográfica donde vivimos podrían contar historias verdaderas de las que son testigos del sufrimiento en que pequeños, adolescentes y jóvenes viven inmersos. Las cifras que se leen en los Informes institucionales no son sólo números, tienen una repercusión muy particular. Leemos allí nombres conocidos y nombrados, ojos que miran con dignidad, rostros tristes y en busca de gestos concretos de esperanza, manos que invocan y se abrazan con fuerza a una presencia cercana… vidas jóvenes, resilientes, que se confían en quien las acoge y las ama.

Es vida amasada con lágrimas lloradas en silencio por el mal que afecta, es vida amasada con gestos de coraje escondido y verdadero, con muchos pasos realizados para buscar, acercar, encontrar, escuchar, esperar… en condiciones difíciles de discriminación, violencia, abuso, enfermedad, explotación, miseria creciente, desórdenes ecológicos, guerra o hambre… o falta de padres, de casa, de instrucción, de sanidad, de alegría de vivir plenamente como niños y serlo de verdad.

Una Palabra evangélica fuerte sostiene: “Precisamente éste es el querer de vuestro Padre que está en los cielos: que ninguno de estos pequeños se pierda” (Mat 18,14) y lleva a la oración y a la acción, instrumentos indispensables y de siempre, pero sobre todo de hoy, en apoyo a la infancia y adolescencia. La oración, esencial y verdadera, que va directa al corazón de los problemas y de las personas, y la acción, decidida y audaz para afrontar las causas de los problemas que obstaculizan una infancia sana y serena; una acción en red para que se multipliquen los esfuerzos para ofrecer una adecuada respuesta a los dramas de demasiados niños y adolescentes.

Sabemos muy bien cuán potente es, hoy más que nunca, el tráfico ya globalizado de drogas, armas, dinero reciclado y de personas humanas, auténticas “estructuras de pecado” que empobrecen y roban vida y esperanza a demasiados menores y futuro a la humanidad.

Es un gran desafío llevar a la persona a ser más persona, capaz de poseerse a sí misma para abrirse al conocimiento objetivo de la realidad, al reconocimiento de sí misma en la verdad, a la opción autónoma frente a los valores, a la confiada interacción con sus semejantes y con Dios, en un intercambio fecundo de amor mutuo.

En las Líneas orientadoras de la misión educativa , se dice que “el desafío para quien quiere comunicar el amor a la vida y a la esperanza de un futuro mejor, es el comprometerse personal y constantemente a crecer en humanidad, autenticidad y servicio a las jóvenes y a los jóvenes (75). Efectivamente sólo adultos con una personalidad armónica que genera paz y acogida, capaces de apreciar el don de la vida de todos, tendrán el temple de intentar siempre algo nuevo para servir a la vida de los jóvenes, antes que explotarla, y con paciencia continuarán sembrando, sabiendo que los frutos llegan siempre si bien, a veces, en estaciones futuras. La experiencia enseña que poniéndonos con humildad y atención al servicio de la humanidad, sobre todo de la que más sufre, realizamos con autenticidad nuestra vocación al amor.

Elena Rastrello

    

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